Si hay un sector que suele asociar a tradición y estatismo es el sector jurídico. El derecho no es sinónimo de innovación, precisamente por eso es importante que la propiciemos, que nos adaptemos a los nuevos estándares y que eso nos ayude a conectar con la nueva realidad y los nuevos clientes.

La innovación en el Derecho.

Esto de la innovación en el Derecho debiera dejar de ser noticia pero sigue siéndolo con razón. Y esa es la primera reflexión. 

A veces parece poco menos que un aterrizaje alienígena eso de un despacho innovador. Y otras veces hablan de un derecho innovador porque tienen una web con pasarela de pago y visten sin corbata.

Yo solo entiendo el derecho desde la innovación. Pocas cosas hay que se actualicen más que el propio Derecho (cambio constante de normas y de criterios judiciales, de conflictos y de resoluciones) y pocas menos que la forma de ejercerlo y de entenderlo.

El mundo del derecho requiere innovación personalizada y especializada, como la verdadera innovación de cualquier sector.

El Derecho es otro “país” dentro de este mundo de actividades pero no es otro planeta por mucho que nos empeñemos los del sector.

Y como en el resto de países hay que contar con su idiosincrasia pero sobre todo hace falta verdadera innovación y verdaderos innovadores.

Hay que empresarializar más el Derecho y desde ahí innovar y que esa sea la primera innovación.

Hay que innovar en la selección y la formación del talento jurídico y de juristas con la incorporación y la exigencia de nuevas habilidades y destrezas y nuevas sensibilidades y donde el conocimiento se acompase con la capacidad de atención, de adaptación o de comunicación.

Y claro tecnología específica y apropiada, y hasta propia. No es comprar tecnología jurídica es hacer tecnología que sirva para el Derecho desde el Derecho. 

Pensar como usuarios para generar automatizaciones que sirvan para eficientar procesos. Identificar esos procesos y crear método y sistema y canales de escucha y participación hacia dentro y hacia fuera. Probar, testar y mejorar.

Para innovar en el Derecho hay que dejar de pensar desde el Derecho. Para ser mejores abogados hay que dejar de pensar como abogados y centrarnos y escuchar y entender mejor al cliente y a la sociedad.

Innovar en el derecho pasa por potenciar la experiencia clientes e integrarse en los entornos sociales y participar en ellos. 

Filtrar y seleccionar el trabajo, secuenciar los procesos en modo “fábrica” y concretar la intervención humana allí donde hay verdadero aporte de valor; y asumir el trabajo jurídico que pueden desempeñar no juristas y su importancia.

Pensar en áreas de atención al cliente 4.0 en los despachos de abogados y digitalizar la profesión en términos comprensibles y asequibles, donde el click lleve asociado conceptos claros y rigurosos.

Diseñar productos y que el público entienda lo que compra, en toda su extensión. Configurar despachos en modo “hospital” con su atención primaria y sus urgencias, y luego sus especialistas y cirujanos.

Focalizarse en el I+D como mecanismo dinamizador y transformador, y crear tecnologías con aprovechamiento específico de la Inteligencia Artificial en casos de uso muy definidos. Para eso hay que implicar al sistema, a los abogados, a que piensen con las máquinas, para las máquinas y a que las máquinas piensen para los abogados y para sus usuarios. 

Ahora hay que estar a seleccionar lo que sirve de las tecnologías abiertas y de servicio que ofrece el mercado y adaptarlas al sector legal y en paralelo trabajar en la investigación y desarrollo, en el pensamiento y diseño de tecnologías propias.

La innovación radical del derecho pasa por todos sus estamentos y derivadas o posiciones: ubicaciones, despachos, gestión de equipos, selección y formación de recursos, automatizaciones…

Y para eso hay que contar e implicar con dos tipos de usuarios: el profesional y el cliente.

¿Vamos a ello?.